RADIO

Producciones Radio- Oído

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1989 fue un año que marcó el boom de las radios piratas o alternativas en Buenos Aires. Una tras otra fueron estirando sus antenas desde terrazas de departamentos, garages, boliches. Muchas tomaron al barrio como su foco de atención. Así, los vecinos pudieron tener su lugar frente al micrófono o salir al aire a través del teléfono. Los oyentes por primera vez eran reales, tenían un rostro: Alicia de acá a la vuelta, Omar el carnicero, Rosalía la maestra de quinto, Eduardo, el papá de Luisito.

* POR EL AMOR DE DIOS, MONTRESOR!!!

Cuando llegamos con mis amigos a La Tribu, invitados a presentar una propuesta, el estudio era un departamento de dos ambientes. La “pecera” estaba acustizada con cajas de huevos y detrás del improvisado pero prolijo vidrio habitaba el operador, que hacía maravillas con las perillas, la bandeja de discos de pasta y el pasacassettes. Los micrófonos se agarraban a lo guapo de botellas de ginebra de antiguas fiestas.

Nunca se sabía a ciencia cierta si había alguien del otro lado del dial o si la nuestra era una emisión en falso, un salto al vacío sin más sentido que el de divertirnos “jugando a la radio”.

Allí estrenamos nueve veces “Por el amor de Dios, Montresor” salido de la mística de la amistad que teníamos el Tano Magenta, Claudito Ceriani y yo. Fueron nueve programas de radioteatro recorriendo vida y textos de distintos autores y un músico (Poe, Pavlovsky, Ionesco, García Lorca, Alfred Jarry, Philip Glass, Orson Welles, Artaud). Hacíamos los guiones, ensayábamos las voces y los sonidos en vivo. Uno de los actores, corto de vista él, se llevaba su lámpara para entrarle con todo a los textos. Empezaba la era mememista y “Ubú Rey” sonaba con acento riojano…

*ESPERANDO AL CIBERESPACIO

Varios años después, en 1991, en la misma emisora pero ya en otro lugar- una casa chorizo, que hasta bar y teatro llegó a tener, y que es donde actualmente La Tribu tiene estudio de grabación digital, mezcladora de cds, computadoras y camioneta con logo y todo- la poeta Teresa Arijón, el actor Jorge Cabaut, la cantante (calva) Miranda Nardelli y una servidora, sostuvimos durante 35 capítulos una espera real, compartida, cuando por estos lares la virtualidad remitía todavía un poco al libro de William Gibson, Neuromante, donde por primera vez se describió al ciberespacio que después sería nuestra Internet, o casi.

Y en ese juego apócrifo de anticipación del arribo de la promesa tecnológica a nuestras costas, sumado al anuncio de nuestro presidente Menem de la entrada de Argentina en el primer mundo, en este doble movimiento de espera y acción, desplegamos todo un compendio de fantasías paranoicas, utópicas, new age, dark, etc, etc, que se ejecutó en distintos formatos, nunca exentos de humor y absurdo.

La radio, nos permitió multiplicarnos en personajes, secciones y propuestas al oyente. Ibamos como cazadores de disparates a entrevistar a nuestras tías, a vecinos, compañeras de estudio, a confrontarlos con la idea de una realidad virtual. Venían a compartir nuestra espera sobrinos que interpretaban Esperando a Godot, hermanas evangelistas, amigas fashion. Con nuestros montajes sonoros quemamos varios grabadores y varios operadores sucumbieron ante nuestra exigencia de sincronización de cassettes, voces y oyentes. Aunque un tanto más sofisticada que en las épocas de los micrófonos de ginebra, todavía para La Tribu era la época de “lo atamos con alambre”. Y cómo la disfrutamos.

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